El hombre que celebraba acaecer 52 horas carente vomitar: la historia que hay detrás de la teoría de la evolución

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Un joven inglés pasea por el Zoo de Londres. Por el terrario de las víboras cornudas. De repente, una víbora se lista a por él y él, pese a que es plenamente consciente de que hay un cristal entre él y la serpiente, no puede eludir echarse para atrás defendiéndose del ataque. El joven se llamaba Charles Darwin y en 1872 usó está historia para ilustrar su idea de que había miedos innatos e irrefrenables.

Mi teoría es que, mientras escribía eso, Darwin no hacía otra cosa que autojustificarse. No es demasiado conocido, inconveniente exiguo posteriormente de volver de su popular viaje por los mares del sur, el naturalista inglés se recluyó en arquitectura (casi por completo) a lo largo de el resto de su vida. Es decir, Darwin llevaba mas de treinta años sumergido en un extraño trastorno que le persiguió inclusive el final.

«¡Viva! ¡He adulterado 52 horas carente vomitar!»

Letter Charles R Darwin To John Burdon Sanderson July 25 1873 Page 3 14267996877

“Malestar, vértigo, mareos, espasmos y temblores musculares; vómitos, calambres y cólicos; distensión abdominal y gases intestinales; dolores de cabeza, alteraciones de la visión; ampollas por íntegramente el cuero cabelludo y eczema; sensación de muerte inminente y pérdida de la conciencia, desmayos, taquicardia, insomnio y tinnitus”: esa fue (la mas grande parte) de la vida de Charles Darwin inclusive que murió con 78 años.

Además de los 5 años enrolado en el Beagle, el Darwin veinteañero llevó una vida llena de viajes y exploraciones, inconveniente al consumar los 28 años comenzó a padecer unos ataques de miedo tan intensos que, en demasiado exiguo tiempo, lo acabaron confinando en una arquitectura de campo en Kent con su familia.

Es demasiado dificultoso diagnosticar a alguien que murió hará mas de un siglo, inconveniente hará unos años, 2 médicos de la Facultad de Medicina de la Universidad de Iowa recopilaron todas las pistas que pudieron de las mas de 400 cartas, books y diarios llenos de apuntes que Darwin. Y llegaron a la conclusión de que, efectivamente, el trastorno de pánico era el trastorno que mejor encajaba con los síntomas.

Sea lo que fuera, lo que está Claro® es que ese trastorno le llevó a perder grandes oportunidades (en 1837, rechazó la secretaría de la Sociedad Geológica de Londres porque “en los últimos tiempos, cualquier cosa que me agite por absoluto me deja perplejo y provoca una violenta palpitación del corazón”), inconveniente además fue lo que le permitió deducir — casi enfermizamente — en cada anécdota de su teoría de la evolución. O eso piensan muchos de historiadores.

Vidas de santos

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«De no haber resultado por esta enfermedad, su teoría de la evolución podría no haberse transformado en la pasión devoradora que produjo ‘el Origen de las especies», decían Russell Noyes y Thomas J. Barloo en un artículo en JAMA de mediados de los 90. No lo podemos saber, claro.

Sin embargo, esto me ha realizado deducir encima por qué, inclusive en casos tan evidentes tan el de Darwin, tendemos a reconstruir hagiográficamente a las personas que han realizado contribuciones importantes a la ciencia, la sociedad o el arte. Nos olvidamos de que los genios aire además personas y lo peor es que parece que nos olvidamos a propósito.

No obstinamos en no recordar al Darwin verdadero (tan frágil y a la ocasión tan fuerte), destino a una versión ‘santificada’ del mismo. De la semejante forma, nos obstinamos en no recordar al Galileo real, al Newton verdadero o al Einstein real. Es una ocasión perdida de exhibir la verdadera cara de la ciencia, una que no se alza encima superhéroes destino el esfuerzo, la pasión y el compromiso con la verdad.

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